Revista dels Xiuxiuejos de Piath
Tertúlies d'ARCA de Piath
Bartolomé de las Casas
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Bartolomé de las Casas

Tertúlia d'ARCA 014

Bartolomé de las Casas:

el fraile y el grito

(A los humanos de América, para que no olviden que la verdad también sangra y también salva)

Cuando la fe no se alza para defender la vida, no es fe: es ornamento del verdugo. Es palabra vacía, incienso de un templo profanado.

Bartolomé de las Casas lo entendió tarde, pero no demasiado tarde. Al principio fue como los otros: cegado por el sueño de oro y gloria. Pero sus ojos, que habían contemplado el rostro de Dios en la doctrina, vieron después el rostro del infierno en los rostros indígenas: cuerpos tendidos como ramas quebradas, bebés estrellados contra las rocas, mujeres con el vientre abierto por espadas impunes. Y ese infierno le desgarró el alma.

No pudo seguir callando.

No pudo seguir rezando sin gritar.

No pudo seguir amando a Dios sin defender a aquellos que llevaban su imagen.

En sus manos no había armas, sino palabra viva. Y en su pluma, la sangre se convertía en testimonio.

Vio a niños quemados vivos para divertir soldados, como si fueran antorchas de un rito macabro. Vio hombres con las manos cortadas por no entregar suficiente oro, mujeres violadas en nombre de la civilización, ancianos aplastados bajo las botas de la codicia.

Y escribió.

Con la mano temblorosa y el corazón abierto como una herida, escribió.

“Brevísima relación de la destrucción de las Indias”: no era solo un libro, era un grito. Un grito que quería atravesar palacios, resquebrajar tronos y despertar conciencias dormidas bajo brocados y coronas. No rezó contra los pecadores. No maldijo a los conquistadores por odio. Rogó por las almas de los inocentes silenciados. Porque sabía que solo quien ama a los olvidados puede convertirse en voz en este mundo.

Y hoy, el nombre de Bartolomé de las Casas resuena como un faro antiguo en medio de una noche sin estrellas.

Un fraile que traicionó al imperio para ser fiel al Evangelio.

Que renegó del silencio cómodo para abrazar la verdad dolorosa.

Un hombre que vio el paraíso convertido en infierno, y que, en vez de huir, decidió quedarse a mirarlo… y a escribirlo.

Porque la fe, si no defiende la vida, no es luz.

Es ceniza.

Y que nadie olvide, ni en las escuelas ni en los libros, que el concepto de “España como madre patria” es una fantasía. América no nació de un vientre amoroso, sino de una herida abierta por el hierro y el saqueo. Los pueblos latinoamericanos no son hijos agradecidos de una madre tierna, sino supervivientes de una conquista que arrancó raíces para imponer sombras. Llamar madre a la mano que quemó, violó y expolió es aceptar una mentira que aún envenena las memorias.

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