Este poema, a pesar de su brevedad, contiene una paradoja esencial: el encuentro de lo infinito dentro de lo efímero.
El verso «En la ceniza efímera encontré mi ser infinito, un reloj sin tiempo, latiendo eternamente» condensa tota aquesta intuïció. La ceniza evoca lo que queda tras la combustión: restos, pérdida, final. Simboliza la fragilidad, aquello que ha sido consumido por el tiempo o por el dolor. Pero es precisamente en ese residuo, en lo que parece vacío o acabado, donde el yo poético realiza su hallazgo central.
Encontrar el ser infinito en la ceniza invierte toda expectativa: lo infinito no aparece en lo eterno entendido como algo separado, puro o intacto, sino en lo que ha ardido, en lo que ha atravesado el desgaste. El poema sugiere que la identidad profunda no se revela en la acumulación ni en la permanencia, sino en la desposesión, cuando todo lo accesorio ha caído.
La imagen del “reloj sin tiempo, latiendo eternamente” une ritmo y ausencia. No es un reloj que mida, divida o presione; es un latido. Apunta a una experiencia de presencia pura: una forma de existir que no depende del antes ni del después, sino del pulso mismo del ser.
En conjunto, el poema afirma que cuando todo lo superfluo se consume, cuando solo queda ceniza, emerge una verdad paradójica: no la nada, sino un ser infinito, vivo, que no necesita del tiempo para existir. El final no es lo opuesto a la eternidad; puede ser, precisamente, su puerta.
En la ceniza efímera encontré mi ser infinito, un reloj sin tiempo, latiendo eternamente.











